¡GRITO,SÍ,GRITO!

¡GRITO,SÍ,GRITO!

¡Grito,sí,grito!

Camino dando pasos ligeros hacia mi destino, sin metáforas en cuanto a mi destino.

 

Me topo con él, en la carretera de siempre, me paro.

Me fijo en él.

Ese pequeño, indefenso, sin poder volar. Qué pasaba alrededor de todos nosotros que esperábamos en la acera a que el semáforo se pusiera en verde

Y así darnos la señal de cruzar.

 

Mi mente en cuánto lo vió no pudo quitar la vista de él.

¿Pensaba, lo cojo? Aunque con el miedo que tengo de coger pajaritos (me dirás, pero que tonta sino hacen nada)

Este pensamiento rondaba mi mente una y otra vez. A la misma vez todos los presentes callados.

 

De repente, y como en cuestión de segundo, sin darme tiempo a reaccionar ante mi miedo. Ese pequeño hace intento de cruzar esa enorme carretera que para él sería, pero justo se posa delante de una rueda, sí, una rueda.

 

Yo rezando para que justo esa rueda estuviera lo suficientemente alejada de él, para pasar sin hacerle daño. Mi corazón latía muy rápido, mis emociones disparadas. Pero no, no fue así. Sin poder quitar la mirada de ese lugar, veo y no solo veo sino que oigo como ese círculo pesado pasa por encima de su pequeño cuellito.

 

Llena de miles de emociones de tristeza y ahogo, GRITO! SI! GRITO! Pero soy la única que lo hace.

¿Cómo pueden tantas personas quedarse inmunes a tal acontecimiento?

¿Cuándo perdieron la conexión con sus compañeros de vida y tierra?

¿Cuándo su sensibilidad de inocencia desapareció?

 

 

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